“Gomitas de eucaliptus pa’l mal aliento, pa’l mal aliento y pa’l resfrío”, gritaba el vendedor a la entrada del metro, un hombre mayor, que desde las siete de la mañana ya se encontraba apostado al inicio de la escalera , por donde cada mañana, bajaban verdaderas hordas de apresuradas personas, corriendo para llegar a tiempo a sus trabajos.
El grito del vendedor seguía retumbando en los oídos de Clarisa, mientras bajaba mirando uno a uno los escalones, su boca comenzó a esbozar una sonrisa que se fue ampliando a medida que reflexionaba sobre la frase: “Gomitas de eucaliptus pa’l mal aliento, pa’l mal aliento y pa’l resfrío”.
Como va ha lograr vender así?, se preguntaba, ¿quien va ha querer reconocerse como poseedor de mal aliento, si es que se daba el tiempo para detenerse a comprar?.
Cuantas son las veces que decimos cosas tan poco favorables, como esta, que juegan totalmente en contra de nuestros propósitos?.
Que importante!, pensó Clarisa, es la reflexión respecto de saber, de averiguar, si con lo que decimos estamos realmente comunicando, aquello que internamente queremos decir.
El esforzado vendedor, solo espera vender lo mas posible, sin darse cuenta, que su “estratégica frase”, lo pone justo en la vereda contraria, la de alejar a sus posibles compradores, en lugar de atraerlos, como él espera.
Clarisa apresuró su paso y pensó que un día que viniera con menos prisa, se detendría a conversar con él.
Logró Clarisa tener un día con menos prisa?














23.08.07 @ 20:41