Caminé cerca de 50 minutos y finalmente llegué hasta la playa, mis pies ya venían resentidos con la caminata, sin embargo, al ingresar a la arena, todo malestar desapareció y cobraron una agilidad increíble y comencé casi a correr, hasta llegar al sitio que me pareció mas adecuado, poca gente y poca basura, me saque la chaqueta, la puse sobre la arena y me acosté de cara al sol, sentir la tibieza del sol en mi cuerpo me causa un placer, una sensación de agrado, de complacencia, de alegría, indescriptibles ¡…adoro el sol!!!.
Disfruté estar tirada ahí, con los ojos cerrados, sintiendo el calorcito, una deliciosa brisa marina que acariciaba mis mejillas, el graznido de las gaviotas en mis oídos, murmullos cercanos con risitas incluidas, mis músculos faciales sonriendo por si mismos, mis aletas nasales dilatadas del inconfundible aroma de los huiros tirados sobre la arena, hacia mucho tiempo que no lograba sentir ese intenso y exquisito olor a mar, era un festival de sensualidad, proveniente de tantos de los sentidos, que nos permiten conocer el placer y también el dolor.
Cuando el calorcito pasó a recordarme los peligros de los rayos uv, decidí voltearme y quedar de cubito dorsal frente al mar, fue ahí, cuando creyendo que tan delicioso festival había llegado a su fin, abrí mis ojos y entré en una catarsis superior a la que recién abandonaba, el color del mar se me agolpó en las pupilas, azul-azul, destellante, ondulante, yendo y viniendo , tan suavemente, que parecían tiernas caricias juguetonas, mis pulmones no pudieron resistir y respiraron con una profundidad tal, que parecía que me tragaría el océano completo! ,contemplar ese cactus de cómo 5 metros o mas, sobre la roca que se encontraba ahí en la orilla de mar, me hizo dudar sobre su realidad, era demasiado alto para ser verdadero, el brillo solar sobre las celditas metálicas que lo formaban, me lo confirmaron, era una genial escultura sobre la roca, el blanco de las mareas combinaba de maravillas con las gordísimas nubes que colgaban de la celestura quieta e inspirante del maravilloso cielo que nos cobija, sentía mi pestañar, casi como atosigándome con tanta belleza, soberbia belleza marina, con los ojos muy bien abiertos nuevamente, me deleite con una verdadera exhibición de formación aérea, 5 gaviotones, en fila, seguían como copia fiel todos y cada uno de los movimientos del líder, el que se entretenía haciendo piruetas, sube, baja, acelera, frena, hasta que uno dejo de sentir lo divertido del juego y se salió, rompiendo el espectáculo y volviéndome a la ruda arena, que urgía a mi cuerpo a cambiar de posición, una vez más.
Podría haber quedado congelada en esta vivencia, sin pena ni apuro de nada!!














